jueves, 24 de marzo de 2011

Figment of my imagination

Hace ya cierto tiempo vive alguien en mi cabeza.

Es hombre, sí, aunque como muchos hoy en día, también es un niño.
Él tiene unos rasgos suaves y delicados, unas manos también suaves y un olor en el que suelo perderme y cerrar los ojos, cada vez que lo siento.
Algo importante: no habla mucho. Eso me gusta... me obliga a mirar siempre adentro y olvidarme del sonido. Así, con sus ojos me lleva a un mundo lleno de silencios y sutilezas, que me recuerda la sensación de nadar en una laguna al atardecer, cuando los últimos rayos de sol caen oblicuos sobre el agua y puedo ver, pero también ser parte, de todo ese mundo secreto, sereno y palpitante, poblado de seres invisibles, ocultos entre algas y suaves corrientes de frío y pequeñísimos peces que a veces lograba tocar con la punta de los dedos. Así es lo que veo y siento cuando tengo la oportunidad de entrar en sus ojos, que -dicho sea de paso- son de un color que aún no logro categorizar.

Tiene ciertos fantasmas y monstruos abisales en su interior -como todos-, pero no puede sacarlos a la luz, que como todos sabemos, es donde pierden su poder. Asumo entonces que es por ello que con frecuencia intenta ahogarlos, o por lo menos acallarlos un rato, a costa de su integridad física.

Sin embargo, es útil. Con sus manos puede sacarme de mis penas, como también arreglar algo que no funcione en mi casa (creo, no obstante, que de los desperfectos computacionales ninguno puede hacerse cargo). Tiene el poder de sanar algunos rincones de mi persona cuando caminamos tomados de la mano, y de hacerme creer que la vida tiene momentos fáciles, donde él se encarga de lo que yo no puedo hacer. Pero como todo sanador, tiene largos momentos de letargo para recuperarse de la vida en este mundo al que parece no pertenecer.

También se ríe. Con una cierta amargura, de todo. No le gusta lo obvio, ni lo chato, ni lo que no parece tener sentido. También se ríe de mí: de mi torpeza, mi falta de orientación espacial, de mi falta de claridad en algunas cosas y de mi fe  en la sabiduría popular. Rara vez lanza una carcajada: apenas una sonrisa deslavada con un poco de aire que se escapa de su nariz. Cuando me mira también suele sonreír, pero en ese caso sus ojos se abren más y dejan más espacio para hacerme creer que le gusta lo que ve.

También me gusta pensar que, además de encontrarme hermosa, siente algo por mí que no había sentido antes. Pero esto último no puedo saberlo, porque todo lo que vive en su interior se queda ahí... y sólo me queda intuir, escuchar en medio de su silencio las palabras que no puede decir. Difícil tarea cuando se piensa que las palabras son el vehículo del sentir, pero ni siquiera en los sueños las cosas son perfectas. Pero me gusta también que sea así.

Una última cosa: yo sí conozco a alguien en la vida real que tiene un cierto parecido a esta imagen, pero ignoro hasta qué punto se asemejan.

viernes, 28 de mayo de 2010

Un clásico

No sé qué dirían Penrose, Hawking ni menos Schwarzschild si vieran esto, pero a mí me entusiasma mucho más el espíritu visionario de Calvin Q. Calculus con respecto a los agujeros negros. Noten cómo sus intenciones son más bien inocentes, y cómo el mal se hace presente para amargarle el pepino al pobre Prof. Calculus.
Disfruten este mini clásico que todos vimos en la TV, durante alguna tarde de ocio después del colegio.

martes, 25 de mayo de 2010

Sin título

Mientras escribo estas líneas, está temblando suavemente, me duele el estómago y tengo mucho, pero mucho sueño. Pienso que a) ya estaría bueno que parara de temblar; b) tengo que dejar de dormir 3 horas en la tarde y 5 en la noche; c) el proyecto de investigación que escribí anoche para que me acepten en cierta universidad escocesa es lo peor que he escrito en la vida; y d) que parece que esa escritura es la culpable de que me duela la guata, además de ser la obvia responsable del estado de semi-vigilia en que me encuentro. 
No sé si quiero estudiar en Escocia. No sé si quiero quedarme en Chile por un año más o para siempre. Menos aún sé si quiero terminar el jodido Magister que estoy tomando en la UdeC. A lo mejor necesito un cambio radical en mi existencia, y dedicarme a la física cuántica, o a las artes visuales. A lo mejor, como siempre ha sido mi sueño, irme a misionar a África. 

Socorro.

sábado, 22 de mayo de 2010

El tiempo no es una aspirina

Dicen que el tiempo lo cura todo. 
En mi opinión, quien salió con eso es un idiota.

Es posible que el tiempo logre minimizar un poco el efecto que ciertas heridas causan en la gente, pero creo que lo fundamental no es el tiempo de por sí el que provee el efecto balsámico, sino lo que uno hace con su mente durante todo ese tiempo. Y esto último tampoco me queda del todo claro, pues de vez en cuando, ciertos hechos pasados reviven y salen de la superficie fangosa de los recuerdos desagradables en el momento menos esperado: después de un sueño, en un momento desagradable, porque alguien te lo ha recordado, o a veces simplemente por arte de magia... no importa cuánto esfuerzo hayamos puesto en olvidar o superar esos dolores. Los traumas y sinsabores no se curan; simplemente pasan de ser insoportables a más llevaderos. Por ejemplo, yo hago mi vida normal, río, lucho, canto, bailo, camino, converso, veo la tele y soy feliz... pero a propósito de nada, tengo un sueño una noche donde sale alguien, una persona que rompió mi corazón de una u otra manera. Y no puedo evitar que ese mismo dolor vuelva a asomarse y se instale ahí, como visita indeseable, sin que yo pueda hacer nada para echarlo. Y lo normal es que al día siguiente ya no esté, pero de vez en cuando aparece nuevamente y tengo que lidiar con esa compañía durante un rato...

Prueba


Esta es una entrada de prueba que hago con mis alumnos de la UDLA, Ed. Básica, executive.

Vamos a poner unas fotos, subir un video y hacer unos hipervínculos.



jueves, 20 de mayo de 2010

El hoy no es tan distinto del ayer

Cuando chica lo pasaba bien. En los veranos jugaba todos los días con mis amigos del barrio, comía helados sin preocuparme de mi figura, mis papás me daban permiso para casi todo lo que quería hacer y era capaz de imaginarme una novela entera a partir de una raya en la pared. Además, y a diferencia de hoy, no tenía que trabajar por poca plata, no filosofaba angustiosamente sobre el sentido de la existencia, no sufría ataques de angustia y tampoco me desvelaba por la decadencia de la Academia. Sin embargo, era más negra que ahora (tanto que me decían "negra"), me obligaban a comer tortilla de acelga o guatitas y -lo más importante- le tenía miedo a muchas cosas. A diferencia de Jorge Luis, nunca cayó en mis manos el librito ese de Struwwelpeter, pero sí sufría tremendamente con las siguientes cosas:
  • Los dibujos de Alicia en el País de las Maravillas
  • Las arañas
  • Los cuadros de Peter Brueghel (había un libro en mi casa con sus pinturas, entre las cuales estaba esta, que era lejos la peor).
  • Perderme en el centro
  • Los payasos
  • Las serpientes que podía haber debajo de la cama
  • Pensar que mis papás podían morir
  • Los dibujos antiguos de Tom y Jerry
  • El viejo del saco
  • Las momias
  • Los extraterrestres
  • Mi tío Toño
  • Un cuadro de un buzo que tenía mi papá (y que aún tiene, aunque ahora está en su oficina).
  • El papel decomural de árboles de la casa de Nonguén (podía ver una cara diabólica).

Y así, suma y sigue.
Hoy me dan miedo otras cosas, algunas con más justificación que otras. Por ejemplo, las arañas me siguen dando miedo. Tanto, que prefiero dejarlas tranquilas en vez de matarlas (siempre he tenido terror de que se me suban por el brazo o la cabeza mientras intento matarlas). También me aterrorizan las serpientes, los bichos feos en general (el otro día me demoré horas en sacar a un grillo de mi velador) y los grupos de personas. Pero igual me dan miedo algunas otras cosas que tienen más sentido, como enfermarme estando sola, volverme loca, perder el bus o el avión que me lleva a mi casa, quedarme sin plata y nadie a quién recurrir, perderme en una ciudad que no conozco, y los retos de mi profesora guía. Nada de ello es bonito y hasta cierto punto son cosas inevitables, y a veces me pregunto qué tan lejos estoy efectivamente de la niñez en términos mentales... sigo teniendo miedo de muchas cosas, y sigo pasándolo tan bien como cuando tenía 6 años, pero con la salvedad de que ahora mis entretenciones son diferentes (bueno, todavía me gusta ver a mis amigos y salir a antar en bicicleta). Lo interesante es que la forma de sentir alegría es distinta, pero el miedo sigue siendo exactamente el mismo sentimiento.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El mundo de los olores

Al salir de la Universidad, el día estaba nublado y empezaba a caer una llovizna apenas perceptible. Un grupo de personas fumaba bajo el alero. El Campanil marcó las doce, y el reloj, no conforme con pararse, retrocedió hasta los días en que era alumna de pregrado, saliendo de alguna clase, quedándome parada en la escalinata  de la facultad de Lenguas para decidir qué haría y cómo: alguna reunión, más clases, almorzar,  mi casa, biblioteca, casa de mi pololo, arroz con huevo, meternos a la cama mientras llueve, correr tras un ayudante, ir corriendo a la Biblioteca Central, tal vez a la facultad de Educación, la clase de baile, la pega del Preú y el cafecito con la Jessy... el olor de la humedad, más la humareda del vicio colectivo, me transportó, y una vez que volví al mundo actual, me quedé largamente pensando en la belleza de esos días que ya se fueron y que están ahora a miles de campanadas de Campanil atrás, inexistentes pero vívidos al mismo tiempo, como esas fotos antiguas con retoques hechos a mano a base de pinturas. Ubi sunt? No sabemos, pero por ahí andarán, perdidos en un limbo al que aún no sabemos cómo acceder, pero que deja vislumbrar sus portales con algún olor amigo que flota en medio de la nada.